Recordando Addis Ababa

Vista aérea de la ciudad de Addis Abeba durante la puesta de sol

Hace ya casi un año, por uno de esos impredecibles azares de la vida, me encontré en un avión camino a Etiopía y a su capital, Addis Ababa.

La verdad es que nunca me había detenido a pensar en la posibilidad de ir a conocer Etiopía. África hace soñar y en la única ocasión en que tuve la oportunidad de pasar unos días en ese continente mágico, me había jurado volver. Sin embargo nunca pensé que ese retorno iba a tener lugar por el cuerno de África y que después de pasar horas y horas en un avión, me iba a encontrar en ese país del que conocía muy poco y no necesariamente cosas alentadoras al turismo y a la curiosidad.

Etiopía es sorprendente. Por muchas razones. Es un país que nunca fue verdaderamente colonia y su ciudad capital no refleja ninguna de esas herencias que nos parecen tan evidentes e inevitables. No tiene plazas, no tiene un real centro de ciudad, no tiene monumentos coloniales, ni iglesias que reflejen la gloria de un rey lejano. Las calles a menudo no tienen aceras, la gente se viste con ropas occidentales pero combinadas de manera distinta, es una ciudad muy religiosa, con una fe profunda que permea todas los aspectos de la vida, no hay motores y existen mucho menos carros que los necesarios para mover todo aquel que tiene que transportarse.

Es una ciudad a veces muy gris, de praderas muy verdes, donde llueve en la época en que estuve casi tanto como en Londres y donde la gente camina y camina, que llueva o no.

La comida es a menudo vegetariana por razones más de medios que de convicciones y comen los granos con muchos diferentes sazones compartiendo lo que tienen entre todos, comiendo con la mano derecha y con una especie de crepe esponjosa que llaman injera con la que envuelven los alimentos antes de llevárselos a la boca.

Les encanta la carne. Tienen puestecitos de carne en casi todas las esquinas. Son pequeñitos, de madera pintada de blanco y rojo adornadas con los símbolos cristianos ortodoxos y musulmanes que garantizan a sus consumidores el respeto a las tradiciones religiosas necesarias. La comen cortada en pedacitos, cruda, guisada generalmente con granos o a la parrilla con una mezcla de picantes y sazones deliciosos e inolvidables.

Son gente pacifica y llegando a mi escritorio después de una de esas experiencias abrumadoras que nos ofrece Santo Domingo cualquier día a las 5 de la tarde, me vino al espíritu esa paz, esa conformidad, esa paciencia, esa tristeza alegre de Addis Ababa y la quise compartir con ustedes. Tampoco me olvido de esa carnita cruda o a la parrilla picante y religiosa con textura similar a nuestro bistec que esta semana sin falta voy a tratar de recrear. Espero que ustedes también se animen. Quizás no se lo coman crudo pero coman el bistec de Carne & Co. Ya saben que es delicioso.