He tenido la suerte de ser feliz.

No quiero decir que no me hayan pasado contratiempos. Algunos graves, devastadores. O que mi vida contenga más dicha que penas. No. Para nada. Me ha pasado mucho. Lo que le pasa a cualquiera. A todo el mundo. La vida es triste tantas veces. Son tantas las ocasiones donde la dicha tiene por obligación que dejarnos de acompañar.

Lo que quiero decir es que mi disposición es hacia la Felicidad. Hacia la sonrisa. Hacia el vaso medio lleno. Hacia la sorpresa agradecida frente al color de las olas, el vuelo de un pájaro, la sonrisa de un niño. Hacia los clichés de la vida. Que por algo son clichés. Cualquier cosita me pone contenta y se me olvidan las lágrimas, aunque sea por un segundo. Y eso es ser feliz. ¿No?

Porque lo otro, lo que aprendemos en los versos de Neruda, en las novelas de amor o en las películas de Hollywood son los momentos únicos. Los menos. Los que te hacen sentir en la cima del mundo. Es más, te desestabilizan un poco porque entonces empiezas a contabilizarlos. A tener miedo. De que el instante pase rápido. De que se vaya la dicha. De que el corazón ya no lata tan rápido al compás de esa plenitud extraordinaria. Son fugaces esos momentos, ¿no? Es que todo lo que sube por supuesto tiene que bajar. Es la gravedad. Es la realidad. Y entonces vives con miedo, se te hace escasa la vida y precaria.

Vivimos en una época de escasez. Se le está acabando el agua a los ríos, se está derritiendo el hielo en los polos, una pequeña parte de la población tiene tanto dinero que hace sentir a los demás aun a aquellos que tienen mucho, como mendigos de un mundo cada vez más dividido. Buscamos respuestas a preguntas que no la tienen. Queremos ser jóvenes por siempre. Pretendemos morirnos, porque nos vamos a morir de eso no hay duda, en perfecta salud y plena juventud, aunque estén bien distantes nuestros años mozos. Nos vamos con Dios, y la Virgen y todos los Santos ignorando aquella frase de “ayúdate que yo te ayudaré” y si Ellos no nos responden rápido entonces meditamos o nos vamos a un retiro de silencio o a un Ashram en la India. Oímos podcasts, leemos a Erkhart Tolle, hacemos dieta, ejercicios. Todo de manera desenfrenada para ver si la vida se detiene y nos da las respuestas que creemos necesitar.

Nos da hasta miedo decir que estamos contentos. De miedo a que nos lo arrebaten. Es como deja no decirlo a ver si el azar no se da cuenta y no mira para acá. Y entonces apocamos la vida, la hacemos pequeña, vivimos con miedo de tener menos mañana, de tener menos hoy, de que el vecino tiene más suerte, el amigo más beneficios, aquel conocido la familia perfecta. Y la felicidad es mental como todo. Se compone de lo que nos dejamos sentir y de los que nos permitimos a nosotros mismos en cada instante.

Creo que esa ha sido mi suerte. Es que de verdad mi disposición ha sido siempre a la alegría. Tengo un amigo muy querido de esos que nos acompañan siempre, esos hermanos que la vida te regala, que cuando las cosas salen o proyectan salir bien exclama “Fantástico” y es que es verdad ante lo mal que pueden salir sin descuido ni intención de nuestra parte, hay que alegrarse mucho cuando salen bien. La vida señores es fantástica. Respirar, oír a Elton John cantar “I’m still standing” mientras caminamos en el parque, apreciar los colores de la mañana, respirar el olor a pan, titiritar de frío al levantarnos o sudar a la luz fuerte del sol es un privilegio.

Sé que muchos andan buscando algo más, más trascendental, más significativo y creo que tienen razón que se puede buscar el significado del camino. Lo que pasa es que a mí sin esfuerzo con el camino me basta. Y por eso quizás soy feliz. Porque la vida me parece una aventura extraordinaria. ¡Fantástica!