Ngorongoro

Ngorongoro

Desde mucho antes de llegar a Tanzania soñaba con Ngorongoro. Sólo el pronunciar la palabra invocaba una melosidad misteriosa que me hacía soñar.

Ngorongoro es un cráter dejado por un volcán que explotó antes de que tuviésemos historia. Rodeado de montañas que lo han vuelto una cuna donde duermen y viven todos los animales de África. Bueno no todos. Muchos. Tantos que parece que alguien los bajo y les dijo aquí van a vivir y a florecer.

Recuerdo la mañana en que el jeep verde manejado por Livingston (sí, nos tocó un guía con nombre de explorador) y junto a las personas que más quiero en el mundo, empezamos la bajada hacía ese lugar de África que quería visitar desde hacía tanto. Era una mañana soleada. Más que soleada límpida con ese sol majestuoso de ese continente donde todo, es más. Más grande, más verde, más seco, en fin, es mamá África como dicen muchos.

Antes de bajar nos habíamos asomado al cráter y desde arriba se veía moteado de colores, con pocos árboles y tan plano que era imposible imaginar la inmensidad y la plenitud que se sienten al ir bajando. Se desciende por caminos estrechos de una vía, por dónde solo bajan o suben los vehículos autorizados. En Ngorongoro no vive nadie. No hay una casa. Ni una choza. Ya no viven las vacas ni los Masáis que las cuidaban a pesar de que el nombre viene del sonido que hacían sus campanas y de que se piensa que en esa área vivió el hombre y sus ancestros por más de 3 millones de años.

Pero es normal que nos hayan sacado de esa caldera impresionante. Se la han dejado a los animales y que bien han hecho. Ahí conviven las especies que ya peligran en tantos otros sitios. El león y su manada, el rinoceronte y su cuerno que tantos problemas le ha causado, los “Pumba”, pequeños jabalíes que robaron nuestros corazones en la película Simba, los elefantes en familias enormes jugando en el lodo o rascándose en los árboles sin miedo ni peligro, las jirafas… qué decirles de las jirafas, verlas caminar nos hace pensar en una tierra joven e inocente.

Fue una tarde maravillosa, en un sitio único con el que soñaba desde niña y al cual me había prometido llevar mis hijos. Nunca pensé sin embargo que Ngorongoro, las planicies inmensas del Serengueti, la isla misteriosa de Zanzibar o las cimas nevadas del Kilimanjaro me iban a dejar tanto y por tanto tiempo. Ir a África es algo que necesita nuestro espíritu, el mío y el tuyo, pero de eso seguiremos hablando.

Anabella